El reto del futuro
Los seres humanos de hace un siglo no eran más inteligentes que nosotros y sus sociedades no eran menos injustas y conflictivas que las nuestras, pero en cambio veían el futuro con un optimismo que hoy no sentimos. A comienzos del siglo XX el progreso científico permitía aplicaciones sensacionales como la electricidad o el telégrafo, mientras la industrialización facilitaba la multiplicación de bienes de todo tipo. Es cierto que las sombras también abundaban; la industrialización, con su división tajante entre obreros y capitalistas, había multiplicado las situaciones de miseria, pero se daba por supuesto que unos estados liberales y democráticos con preocupaciones humanitarias encontrarían la manera de compensar esas deficiencias, y, entre las distintas formas de intervención, el desarrollo de la educación era el arma fundamental para el progreso social. Y los que desconfiaban, que eran muchos, de que así se pudiesen reducir espontáneamente las grandes diferencias sociales pensaban que los trabajadores, porque eran mayoría, asumirían un día democráticamente el poder e impondrían regímenes socialistas que asegurarían una mejor distribución de los bienes.
EL MUNDO QUE dejamos en herencia a nuestros hijos o a nuestros nietos no es algo de lo que podamos sentirnos orgullosos
Y los que creían, que tampoco eran pocos, que era una ilusión pensar que esto llegaría a ocurrir pacíficamente propugnaban tomar por la fuerza el Estado para establecer una sociedad sin clases. De manera que: democracia liberal con conciencia social, socialismo y comunismo eran tres ideologías distintas y aun opuestas en sus tácticas y en sus objetivos pero que coincidían todas en prever un futuro mejor y relativamente a corto plazo. Tres ideologías a las que unos años después se añadiría el nacionalsocialismo totalitario, que también confiaba en un triunfo rápido y en determinar el futuro durante el próximo milenio. Es evidente que quienes eran jóvenes hace un siglo tenían donde elegir y donde volcar sus energías.
Ha pasado un siglo desde entonces y ninguna de estas esperanzas se ha cumplido. La técnica ha seguido progresando y nos ha traído novedades sensacionales en los sistemas de comunicaciones que han desembocado en la globalización de la economía con desplazamientos masivos de población y de sistemas de producción; pero con ello las diferencias sociales en vez de disminuir han aumentado, y aunque fuera de Europa los regímenes coloniales se han liquidado, en muchos lugares la explotación es peor que en la época colonial, de modo que las grandes esperanzas colectivas se han disuelto. El comunismo no ha podido sobreponerse al colapso de la URSS. Los partidos socialistas que han llegado al poder han tenido que echar agua al vino de sus programas, y el liberalismo democrático con preocupaciones sociales ha sido sustituido por la apología de la lucha por el éxito económico puro y duro. El mundo que dejamos a nuestros hijos o a nuestros nietos no es precisamente algo de lo que nos podamos sentir orgullosos, obligados como estarán a elegir entre la competición despiadada por el éxito económico o la tentación y el refugio de la evasión y la droga.
Releo lo que llevo escrito y no me satisface. Refleja bien las decepciones que en el orden colectivo he sentido a lo largo de mi vida y han sentido mis contemporáneos, pero es una perspectiva que para el joven, y no digamos para el inmigrado recién establecido en Europa o para el europeo que hoy viaja a Bombay o a Shanghai, significa muy poco. De manera que voy a ampliar mi perspectiva para intentar entender mejor con qué actitud abordar el futuro. Desde el comienzo de su historia, la humanidad ha estado cambiando continuamente. Los hombres del paleolítico, dedicados a la caza, fueron sustituidos por los hombres del neolítico, agricultores con residencia estable que, con el tiempo, fundaron ciudades e imperios. Más tarde las ciudades griegas acabaron integradas en el imperio romano, y la disolución del imperio romano dio paso a la constitución de la sociedad feudal. Hoy estamos en las postrimerías de la sociedad moderna, surgida en Europa a partir de una ideología racionalista y optimista que justifica la Revolución Francesa y cuya concreción política han sido los estados nacionales democráticamente gobernados, y estamos entrando en una época posmoderna y globalizada que desborda las posibilidades de los estados tradicionales. De manera que será necesario formular nuevas propuestas ideológicas que, impulsadas por motivos éticos, justifiquen la existencia de estados que no sólo sean plurinacionales sino, en alguna medida, pluriétnicos y aun pluriculturales, y estados integrados a su vez en estructuras mayores al estilo de la Unión Europea, que por mucho que se empeñen los europeos en sabotearla es ya una realidad irreversible, y simultáneamente será necesario potenciar las estructuras políticas a nivel mundial. Dado que la mayor parte de lo que acabo de decir va a contracorriente de las realidades existentes, es evidente que estas innovaciones tardarán en formularse y más todavía en aceptarse, de modo que el mundo que dejamos en herencia a los jóvenes es un mundo convulso y ambiguo, aunque la dirección en la que se debe buscar la salvación parece clara.Vuelvo a releer lo escrito hasta aquí, y sigue sin satisfacerme. Es una interpretación del presente a partir de la historia hecha por alguien que cree conocerla y que pontifica partiendo de ese conocimiento. Pero ¿qué habría pensado yo en plena juventud de una interpretación similar? Me habría dicho que era una visión interesante del pasado pero que lo que a mí de verdad me interesaba eran los retos que me planteaba el presente y las posibilidades que se me abrían en el futuro. Y esto es lo que puede pensar hoy un joven: que nunca los retos han sido tan fuertes, con la posibilidad añadida de que estemos agotando los recursos naturales y alterando los equilibrios de la naturaleza, pero que nunca también las posibilidades han sido tan abiertas. Nunca como hoy han tenido los jóvenes tantas posibilidades para labrarse un futuro estrictamente individual al servicio del propio éxito, pero también nunca como hoy han tenido tantas posibilidades para intervenir de distintas maneras en el destino del mundo y de intentar mejorarlo. Para decirlo con el poeta, nada está escrito y todo es posible. Sólo hace falta ponerse a la tarea.
MIQUEL SIGUAN, catedrático emérito de la Universitat de Barcelona, msiguan (arroba) ub. edu
La Vanguardia 12-02-2007
