14.04.09 Immigració

LA INMIGRACION COMO EXCUSA

Un extracte d’aquest escrit, sota el títol de La Catalunya mestiza” va se publicat per Público el passat 13 d’abril de 2009.

El quinquenio de la  Segunda República Española (1931 – 1936) fue convulso y las fuerzas políticas y sociales en liza no supieron alcanzar los consensos necesarios. En demasiados momentos prevaleció la radicalidad de las clases dominantes y los partidos de derecha que les daban cobertura, junto a fuertes acciones de los sindicatos (UGT – CNT) y una profunda crisis económica que aumentaba la tensión imperante.

En 1932 las fuerzas golpistas, encabezadas por el general Sanjurjo, fracasan en su intento de golpe de estado. Asimismo, cuando la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) en las elecciones de 1934 se convierte en la fuerza mayoritaria y su líder, José Maria Gil-Robles consigue que miembros de su partido accedan al gobierno, los partidos de izquierda analizan el hecho como un ataque a la República y convocan una huelga general el 6 de octubre de ese año. Una huelga que coge tintes de revolución en Asturias y en Catalunya, Lluís Companys proclama “l’Estat Català dins la República Federal Espanyola”.

En febrero de 1936, las fuerzas de centro izquierda se presentan unidas en el Frente Popular y ganan las elecciones con un discurso basado en la amnistía para los presos políticos encarcelados durante el llamado “bienio negro” de la CEDA, restablecimiento de la Generalitat de Catalunya y reactivación de la reforma agraria. La vida política se enrarece: coge protagonismo la extrema derecha representada por la Falange de José Antonio Primo de Rivera y también polarizan la situación social el conglomerado CNT-FAI. Dos atentados de distinto signo enconan mucho el ambiente: el asesinato el 12 de julio del teniente José del Castillo, simpatizante socialista y miembro destacado de la Unión Militar Republicana Antifascista, y al día siguiente la respuesta a través del asesinato de José Calvo Sotelo, líder de la derecha monárquica.

Unos tiempos poco proclives a que se cumplieran los mandatos electorales y donde los bloques de derecha e izquierda fueron incapaces de encontrar un centro para acuerdos comunes. La tradición golpista del ejército apoyada por las fuerzas sociales más conservadoras, vuelve a resurgir y el 18 de julio de 1936, un grupo de generales sediciosos encabezados por Francisco Franco atentan contra el legítimo gobierno republicano, dando inicio a una guerra (in)civil de tres años o lo que algunos analistas indican como el fracaso de la revolución española.

No creo necesario enfatizar lo que supuso el golpe de estado, las heridas de la guerra, sus consecuencias, la represión, los miles de muertos, el exilio y el dilatado periodo dictatorial franquista que empieza en abril de 1939 y que termina con la muerte natural de Franco en noviembre de 1975, fecha en que se inicia la conocida y adorada transición política española.

El bloque económico-político hegemónico que se consolida en España a partir del desenlace de la guerra civil, aglutinado alrededor del dictador, el ejército y el Movimiento Nacional, partido único donde se dan cita las diferentes familias y tendencias del régimen franquista, bajo el lema “una, grande y libre”, entorpecerá cualquier entendimiento entre las culturas de los diferentes pueblos de España, culturas que analizadas sin el lastre de la dictadura no son tan dispares ni tan distintas como se nos ha hecho ver desde la instauración de la democracia.

Antes habría que hacer hincapié en que el régimen de la “una, grande y libre” elimina cualquier vestigio de la añorada reforma agraria (redistribución de la tierra para facilitar a los jornaleros el acceso a la propiedad) aprobada por la República en el año 1932, pero nunca llevada a cabo debido a la situación de enconamiento social y político de la España de la época. Es evidente que la dictadura hace tabla rasa con todos los elementos que pudieran conformar un sistema de libertades, lo que ocurre es que para el binomio Andalucía Catalunya, también será crucial el freno a la reforma agraria, como podremos comprobar más adelante.

Un freno que comportará para Andalucía el desplazamiento de miles de jornaleros del campo hacia distintos países europeos, la mayoría en calidad de temporeros, otro contingente al País Vasco y Madrid, y cerca de 900.000 personas que se instalan en Catalunya en busca de mejor vida y la posibilidad de prosperar. La dictadura, con la persecución a la lengua catalana, principal seña de identidad del catalanismo, ayudó sobremanera a enredar la madeja y el laberinto se apoderó de un sector de la sociedad de acogida que veía en la ingente cantidad de desplazados procedentes del sur de la Península, una amenaza para el idioma de Catalunya. Un sentimiento que queda mitigado en tiempos de Franco (el enemigo común hizo que no afloraran ciertas grietas sociales), pero que con el advenimiento de la democracia y el autogobierno de Catalunya, aparecen signos de lejanía cultural debido a que posturas de signo identitario estiran hacia su terreno desde los dos cabos de la soga.

Habiendo predicado hasta la saciedad el lema de la adhesión, “es catalán todo aquel que vive y trabaja en Catalunya”, mi impresión es que en la práctica, excepto en los tiempos de esplendor del PSUC, las fuerzas políticas hegemónicas catalanas no han movido ficha para hacer realidad la proclama, por lo menos en el tema de las identidades y las culturas hispánicas y mediterráneas. La soga, pese a los estiramientos a la que se ve sometida no se ha roto porque la base social, la de las clases populares mantiene un excelente estado de salud. No es así al ascender en la pirámide ni tampoco cuando analizas la forma dual en que las cúpulas partidistas dividen Catalunya.

La responsabilidad hay que repartirla a partes iguales entre los dos polos políticos que desde 1984 han controlado el cotarro catalán. La coalición de CiU desde el gobierno de la Generalitat hasta el año 2003 y el PSC-PSOE a través del poder municipal en los ayuntamientos con más peso y la fuerza que ofrece la Diputación de Barcelona. Dos conglomerados que han utilizado el origen cultural de los habitantes de Catalunya según les convenía, incluyendo cierto juego en el discurso político y haciendo ver que había territorios propiedad de unos u otros.

Por ese juego de los contrarios es por lo que aparece una argamasa tan bien posicionada como la FECAC (Federación de Entidades Culturales Andaluzas en Catalunya), organización que se presenta en sociedad como la genuina representante de todos los andaluces de Catalunya (que no es lo mismo que catalanes de origen andaluz) y que anualmente se viste de seda con la celebración de la Feria de Abril en el recinto del Fórum barcelonés. Desaparecido el PSA (Patido Socialista Andaluz) en 1984 de la escena política catalana, formación que en 1980, en las primeras elecciones al Parlament obtiene dos diputados, la antorcha con el fuego de la división por el lugar de nacimiento la recoge la FECAC, con una ventaja de gran calado: no le es necesario presentarse a las elecciones para inyectarle miedo a la clase política de Catalunya.

Al mismo tiempo que CiU y PSC-PSOE apoyan la consolidación del lobo feroz (Federación de Entidades Culturales Andaluzas en Catalunya), posiblemente por motivos distintos y bajo la excusa del mantenimiento de la cohesión social, se recrudecen los desvaríos culturales de los que creen que Catalunya es una sociedad anónima donde los mayores accionistas son aquellos que pueden acreditar un pedigrí de catalanidad superior ligado a la pureza de los apellidos. Tanto a convergentes como a socialistas les interesa potenciar el discurso multiculturalista, lo diverso como nuevo becerro de oro e icono de la modernidad, y en cambio mostrar poco interés para girar hacia el Mediterráneo, un espejo donde las miradas converjan y un lugar donde encontraríamos mimbres de unión en la disyuntiva (inventada) Andalucía Catalunya.

Es cierto que la dictadura franquista y sus compinches (recordemos que también los hubo en Catalunya) les interesó uniformizar las culturas hispánicas. Para semejante aberración utilizó con obscenidad a una parte del folklore andaluz: la copla andaluza pasó a ser española, el flamenco hondo derivó en nacional flamenquismo y la pandereta torera acabó por enredar, aún más si cabe, el entramado homogeneizador. ¡Que mala idea tuvo el dictador y sus asesores fijando el ojo en aspectos de la cultura de Andalucía, el mismo territorio que por responsabilidad de sus clases dirigentes se vio abocado a una masiva inmigración! ¿Por qué Franco no escogió a la gaita para convertirla en el instrumento musical uniforme de una única cultura, la que el régimen dispuso propiciar?

Se entiende que ante el intento “manu militari” de la dictadura por hacer desaparecer cualquier atisbo de la cultura catalana, en especial la manía persecutoria de la lengua, en Catalunya se acordara construir una compuerta de resistencia. Quizá con el paso del tiempo el cerrojo engordó en exceso y se desechó la oportunidad del encuentro en las plazas que establecen las aguas de los ríos y los mares que riegan la piel de toro. Si hubiésemos dado ese paso, hoy no existiría tanta distancia cultural como se nos ha querido dar a entender. Romances, tonadas, jotas y fandangos son patrimonio del conjunto y no imposiciones políticas de nadie. Con ese cuarteto se construye un importante patrimonio, un cultivo que empuja a que nazca en Andalucía el flamenco, sin ser ajeno a la influencia de las culturas musulmana, judía, gitana y cristiana. Las mismas que se asientan con naturalidad en Catalunya. No podemos olvidar un pasado compartido y además forzar la locomotora de las diferencias por tal de autoafirmarnos.

Es de difícil digestión que después de 30 años de gozar de libertad, de reivindicarnos desde Catalunya como lo más europeos y de ser permeables a las culturas globales, todavía no hayamos sido capaces de realizar un reconocimiento a Carmen Amaya, hija universal de nuestro estimado país, artista que revolucionó el flamenco y la danza contemporánea. ¿Será por ser gitana, haber nacido en el desaparecido Somorrostro barcelonés y por bailar flamenco?

Tampoco la rumba catalana merece ser relegada en su propia tierra. Es urgente que sea acogida como la música popular y tradicional por antonomasia de Catalunya. ¿Nos da miedo su similitud con algunos estilos propios del flamenco y por esta causa preferimos mantenerla en los márgenes? Si fuera así estaríamos ante un abismo sin retorno, un complejo que en nada beneficiaría a la diversidad que tanto bendecimos cuando nos conviene.

Los gitanos de Lleida reclaman atención al debatir sobre la rumba catalana y ponen sobre la mesa al garrotín como una de sus aportaciones al acervo flamenco. Los gitanos catalanes certifican alrededor de 600 años de antigüedad en su tierra, dato que algunos intelectos duales pretenden borrar de nuestra historia. Exactamente igual que al tratar de la importancia que tuvo la burguesía catalana en el tráfico de esclavos africanos en los tiempos en que Cuba era de España (lo fue, si no estoy mal informado hasta 1898), tema tabú por sus connotaciones negativas. Las tuvo positivas si lo analizamos en términos de cultura musical: ritmos de ida y vuelta como la rumba, las habaneras, la vidalita, la guajira, la colombiana o los tangos flamencos se desarrollan mediante el trasiego de personas y mercancías.

En Catalunya hemos de revisar nuestro pasado, rememorar con apertura de miras las circunstancias que nos apartaron de los ribazos con juncos, despolitizar el inexistente conflicto lingüístico y practicar un trato horizontal entre la ciudadanía que deseche el inoperante nosotros y ellos. Catalunya ha ido creciendo a base de profundas olas migratorias, las cuales con el paso del tiempo se han adherido a un país en construcción. Demos gracias al privilegio de vivir en un territorio donde se nos ofrece la oportunidad de ser activos ante los cambios que el futuro siempre depara. Menos mal que los grupos que les gusta estirar de los dos cabos de la soga no han logrado imponer el diseño de la Catalunya acabada. La suerte del destino nos permite estar en continuo movimiento, el mismo que hizo posible el montón de matrimonios mixtos que produjo y que producirá la Catalunya contemporánea, un sistema de reproducción mestizo que es estudiado en las universidades de relumbrón de medio mundo.

Lluís Cabrera / Presidente de la asociación “altres andalusos”

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